Cusco y el Inti Raymi

Tengo más de veinte posts escritos y no los puedo publicar, los leo, los edito y los vuelvo a leer. Me digo que no están para ser publicados, me autocensuro. 

Entonces me sale la contadora de adentro y me digo, “no estás amortizando el gasto, Eve”. Hace más de tres meses que tengo el blog y tan solo tres posts. 

Además, pienso para impulsarme a publicar algo, se supone que abrí este blog para que pudieran viajar conmigo. Para que quien le interesara, pudiera leer mis aventuras mientras las vivo, lo más cerca temporalmente hablando. Pero yo sigo editando mis crónicas de Córdoba, donde estuve hace más de dos meses.

Entonces, este post improvisado. Que seguro no esté a la altura mía, y que quizás a ustedes les parezca desprolijo. Pero si no publico hoy, quizás no publique nunca.

Cusco

Llegué a Cusco, después de cinco años, con una mezcla de emociones. En esta ciudad fue donde fuí muy feliz, pero también donde me di cuenta que la relación que tenía en ese momento no iba más. Fue en Perú donde acepté que no me podía hacer más la tonta, y donde tomé la decisión de cortar con ese novio que tenía, proveniente de las tierras de los canguros. 

Cinco años después, me propuse llenar en mi mapa mental a Perú con nuevas experiencias. 

En mis planes no estaba Cusco. Cuando todos me preguntaban si iba a visitar la capital quechua, les respondía con un rotundo no. “Amo Cusco, pero esta vez no voy”, dije varias veces en el último mes. 

Pero, como todo en este viaje, nada está decidido y los planes pueden cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Así fue, que un día alguien me nombró el Inti Raymi y me puse a investigar. Esta celebración incaica andina al sol me pareció suficiente excusa para bancarme el frío cusqueño.

Y en el investigar me refiero a leer, porque no quise ver más que alguna foto, quería sorprenderme en vivo y en directo. 

***

No tenía recuerdos tan claros de Cusco. Recordaba la plaza de Armas de noche, donde había sonreído cual niña que abre su regalo de navidad, los vendedores ambulantes hablándome en inglés y vendiendome hasta lo invendible, hasta gente ofreciendome marihuana. 

Pero una vez que la empecé a caminar los recuerdos comenzaron a caer como fichas de dominó. 

“Por esta fuente pasé, pero venía del otro lado, en bajada”, pensé al pasar por la fuente de de los pumas (animal sagrado para los quechuas), que está cerca de la plaza de armas. 

“Massage lady, massage” me dice una chica con un menú fotográfico de masajes. Hay por lo menos unas diez en la misma cuadra, parecen un disco rayado.

“Photo with the llama” me dice una chola. Y me acuerdo cuando hace cinco años me salió a correr una señora porque la había fotografiado de más de cien metros. 

Recordé el caminar por estas calles adoquinadas, bajo balcones coloniales y sentirme parte de una película de siglo XVII. Sentir la falta de aire con cada subida, sobre todo en la de San Blas. “No por algo le dicen la cuesta de San Blas, porque cuesta”, me dice un local a carcajadas.

También me acordé que acá probé ceviche por primera vez, que lo ansiaba desde que crucé la frontera hace dos semanas. Puse en mi boca un bocado y fue la gloria, confirmé que me sigue gustando, aunque no me acordara que era tan picante. Esta vez lo comí con un adicional, la leche de tigre, que manjar. 

Me acordé de que había parado en un hostel, que en el frente vendían todos los souvenirs que los extranjeros compran, pero no me acuerdo el barrio ni la zona. Hoy no puedo cargar con nada de eso, mi espalda no soporta ni un gramo más. Y cinco años después me doy cuenta que todo eso es reventa, que nada es artesanal. Observo como los europeos compran productos “100% alpaca”, pero creo que a más de uno lo están engañando.

La ciudad está totalmente preparada para el turismo, y vuelvo a pensar sobre lo que sentí hace años atrás: tanta explotación hace perder la magia. Y eso fue lo que me pasó en Machu Picchu, no logré conectar, no me dejó la cantidad de turistas a mi alrededor. 

Los carteles están en inglés, los nombres de los negocios también, los restaurantes sirven platos típicos del otro lado del charco, hasta los vendedores ambulantes saben decir perfectamente los precios en este idioma no propio. En el fondo, me da bronca que se las hagan tan fácil. 

El Inti Raymi

Recapitulando, llegué a Cusco para ver el Inti Raymi, la fiesta al sol que realizaban los quechuas el día que el sol se encuentra más lejos del ecuador celeste, el día más corto y la noche más larga. Esta gran fiesta se celebró en la Cusipata – lugar alegre, como llamaban los quechuas a la hoy conocida Plaza de Armas- hasta que los españoles invadieron Qosco (se calcula que esto fue en el 1532). Desde ese momento pasó a llamarse Haukaypata – lugar triste- y la fiesta se terminó para los quechuas.

El militar Garcilaso de la Vega relata en sus escritos como era la celebración: “Ese día, el soberano y sus parientes esperaban descalzos la salida del sol en la plaza. puestos en cuclillas (que entre estos indios es tanto como ponerse de rodillas), con los brazos abiertos y dando besos al aire, recibían al astro rey.” 

Desde 1944 que se hace una representación, guionada y con actores, de lo que era la celebración quechua. La misma empieza en La Plaza de Armas y termina en el parque arqueológico de Saqsaywaman. Y aunque el día importante es el 24 de Junio, los festejos empiezan un mes antes, a puro desfile, danzas y música. Cusco, durante un mes, está de fiesta.

Llegué dos días antes, con la ciudad a tope y a puro desfile. Inauguraron el mismo los pequeños de jardín de infantes, siguiendo cada uno de los niveles de educación. Después, desfilaron las diferentes localidades, cerrando Cusco. Cada región repartió productos de su zona. Yo ligué frutillas y una cajita de fósforos !

Estos nenes repartían panes hechos por su comunidad
Algunos llevaban en canastas los productos regionales, que luego repartían al público

El desfile fue tan colorido como la bandera de Cusco, alegre y acompañado por el animado público que estaba en cada lado de la calle, que alentaba sin parar. El recorrido lo hacían personas de todas las edades, y se podía ver a los abuelos desfilando de la mano con sus nietos vestidos a tono. La imagen transmitía ternura, y era imposible no contagiarse con tanta alegría en el aire.

Al que madruga Dios lo ayuda, dicen. No sé si eso es cierto, lo que sé es que el que madruga para el Inti Raymi consigue un buen lugar. Pero madrugar en este caso es levantarse a las cuatro de la mañana, como tarde. La gente empieza a subir a Saqsaywaman a las cinco de la mañana. 

El Inti Raymi se desarrolla en dos sitios: la plaza y en Saqsaywaman. En ambos lugares, dicen, sucede lo mismo. Para tener un buen lugar en la plaza no hay que madrugar tanto, como para ir al parque arqueológico. Con estar a las siete de la mañana está bien, pero hasta las diez no empieza el show. 

Llegué a la plaza abarrotada de gente y pude sentir la agresividad que había en el aire. La alegría de los días previos se había transformado en algo negativo de la noche a la mañana. Justo en el día de la fiesta. Un señor se limitaba a tratar mal a todo aquel que quisiera salir del enjambre de personas, les gritaba desde su banqueta de plástico (esas que se alquilaban por 8 soles), incluso le gritó a una madre que pasaba junto a su nena que tenía discapacidad mental. En ese momento se me llenaron los ojos de lágrimas. Cómo alguien podía tener tanta falta de humanidad.

El paso estaba complicado

Donde logramos ubicarnos los ánimos no estaban mucho mejor. Todos le gritaban a una señora que estaba parada sobre un banquito, que bien podía derribar el soplido de un bebé. La señora se cayó unas cuatro veces, golpeando a la gente a su alrededor y cuasi provocando una avalancha. “Quédese quieta, seño. Nos va a tirar a todos” le gritaban. Y yo sentía como cada vez me faltaba más el aire, sentía – por primera vez- claustrofobia. 

En un momento de la celebración, donde los actores representaban el momento de adoración y saludo al sol, se hizo un silencio totalizador, que tristemente se vio interrumpido por los gritos de un señor, “por dónde queres pasar, si no hay lugar”. Y la celebración, que en algún momento fue algo sagrado y privado para los quechuas, hoy es un espectáculo para turistas irrespetuosos en Haukaypata.

Miré a los alrededores de la plaza, todos sus balcones estaban ocupados por cabezas rubias con megas cámaras, como mucho hay un local de mozo. Lo mismo sucedió con los asientos de las tribunas en Saqsaywaman, que cuestan varios dólares (más de 200). Me imagino a los incas retorciéndose en sus tumbas. 

Esas tribunas, reflexiono, deberían estar ocupadas por los locales, por los habitantes de Qosco. Pero no, ellos están junto a mí a cientos de metros del espectáculo, intentando ver entre las ramas, y desde donde solo con binoculares se podría distinguir si lo que vemos es un punto o una persona. 

Me dicen que los bailarines suben bailando desde la Plaza de Armas hasta el parque arqueológico. Pero cuando aparecen detrás de las tribunas, caminando, yo veo pasar al menos quince traffics vacías. 

La celebración va perdiendo cada vez más color para mí, y después de una hora y media intentando ver algo desde donde estoy, decido que esta teatralización se terminó para mí. 

Me pregunto, con la decepción en el rostro, qué pensarían los quechuas si vieran en el evento comercial que se transformó la celebración a su dios sol.

***

Ahora son las veinte horas en Cusco, levanto la mirada y veo la Plaza de Armas iluminada. Doy una vuelta completa a la plaza y pienso, que hermosura de lugar. Vale la pena el frío cusqueño. 

Les dejo un vídeo resumen de lo que es la celebración:

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