¿Dónde estabas cuando todo esto se volvió real?

Me despierto con el “buen día” y los besos de N, el chico con el que paso cada uno de mis tiempos libres desde hace una semana. Anoche decidimos dormir juntos y quedamos en que él me despertaba a las 7.30. Pero son las 7 y está vestido, perfumado y con las botas de trekking puestas.

Estamos en el cuarto de su hostel en construcción. Una habitación que se va a transformar en dormitorio con baño, pero que por el momento es sólo un cuadrado blanco con un televisor plano, algunas cajas y un colchón grande tirado en el piso.

Esta mañana la habitación se siente más vacía. Cuando logro darme vuelta veo todo ordenado. Junto a mí hay un bolso negro cerrado y un pasaporte alemán. Parece que la habitación está lista para ser entregada.

N me dice que se va, que tiene un vuelo y que a las 10.30 tiene que estar en el aeropuerto de Santa Marta. Yo no entiendo nada, como toda información que me tiran ni bien abro los ojos. No me gusta que me digan muchas cosas los primeros cinco minutos que estoy despierta.

El tío le compró un vuelo a Salento, donde va a hacer la cuarentena. Esa era la llamada que recibió anoche, que como era en hebreo yo no entendí. La noche fue pésima, me la pasé más despierta que dormida, intentando apagar mi cabeza bulliciosa como discoteca de sábado a la noche –de sábado antes que todo esto se vuelva real-.

Hace dos noches que no duermo bien. Raro en mí, que pongo la cabeza en la almohada y no recuerdo nada más. Pero desde hace dos días estoy ansiosa, preocupada, nerviosa. No sé qué hacer y todas las decisiones posibles que podría tomar parecen erróneas. “Elija el camino correcto, aunque ninguno lo sea”. Entonces, desde hace dos días no elijo.

Las opciones son variadas. Irme ya de Palomino -el pueblo donde estoy desde finales de diciembre-, irme para Santa Marta y seguir viajando por los pueblos que me quedan por conocer, adelantar mi viaje a México, quedarme acá haciendo cuarentena.

Antes de irme a dormir le hago un pedido al universo -no sé cómo me da la cara para seguirle pidiendo cosas-: que me muestre la mejor solución, que me demuestre cuál es la decisión que tengo que tomar, porque yo no puedo, porque estoy emocionalmente desbordada.

Son las 7 de la mañana y N se va. No puedo moverme de su cama, no quiero. Miro el celular y un mensaje de C, mi ex jefa del restaurante. “Hola princesa, CC dice que vengas a pasar la cuarentena a la casa con nosotros”. Todavía la aerolínea no me canceló el vuelo, pero en un grupo de WhatsApp dicen que Colombia va a cerrar fronteras pronto. Seguro no voy a poder viajar. Argentina las cierra hoy, Israel ya las cerró. Y N se va.

Son las 7 am y es mucha información junta. Un par de lágrimas empiezan a rodar por mi cara y me da vergüenza que el chico con el que me estoy viendo hace solo una semana me vea así. Aunque es posible que no me vea nunca más, así que no importa tanto. Estoy desbordada, no sé qué hacer, no sé cómo seguir. Analizo en segundos todo, mientras intento levantar mi cabeza de la almohada y mirarlo a N, que me observa con compasión. “Son las siete de la mañana y esto es mucho, ni siquiera me tomé un café, no puedo tomar ninguna decisión. Esto es mucho, me entendés?”. N toca la cama al lado de donde está sentado. Me siento y me pide que me tranquilice. Le pido perdón por llorar delante de él, él me abraza y me pide perdón por tener que irse. Quizás no lo vea más.

Las opciones siguen siendo las mismas, pero el universo fue claro, me la hizo bien fácil esta vez. Cuarentena con una familia colombiana. Meterme a la casa de alguien más por dos semanas, en principio. Meterme en una dinámica familiar desconocida. ¿Cómo será convivir con ellos?

Voy a desayunar a la playa, última vez que la veré por un largo tiempo, tomo el café y acepto que no voy a salir de Palomino. Que voy a quedarme en este pueblo del cual no he salido desde hace tres meses. No sé cómo he aguantado tanto en un pueblo tan pequeño. ¿Cómo voy a aguantar en una casa? Todo se reduce cada vez más.

Entonces todo se vuelve real. Eso que parecía tan lejano, que sonaba como que nunca iba a llegar, llegó. Me acuerdo el día en que Sofi, junto a la pileta del hostel, hacía chistes sobre esto. No paraba porque estaba nerviosa, entonces encontraba en el humor una veta. Y porque era muy remoto, China suena siempre lejos. Ahora no tanto.

Yo también sigo buscándole la veta en el humor. Para negativismo y mala onda hay mucha gente. Y paranoia. Como le gusta a la gente sentirse parte de una película de Hollywood. Me acuerdo del señor que me levantó en una ruta de Perú. Íbamos camino a Cusco y en un momento me miró por el retrovisor y me preguntó “¿Por qué te crees que nos están pasando tantas películas sobre virus? Nos están avisando. El que avisa no traiciona” y me sonrió.

Me encantan todas las ideas conspirativas que se barajan estos días. Que si fue China, que si fue USA, que Rusia qué. También ver la pelea de egos de los grandes, que ahora parecen tan pequeños -al menos en la forma en la que se pelean-. Me genera cierta gracia que el gobierno estadounidense salga a decir que quiere reactivar la economía mundial y siempre quiera ser el superhéroe de la historia y sólo logre serlo en la pantalla grande.

Que si somos muchos, que si estamos destruyendo todo, que si necesitábamos una lección y la madre tierra nos la está dando, que si todo esto es un plan de eliminación de gente, que si se está eliminando a la gente que no es productiva porque al sistema no le sirve. Quizás algo de todo esto sea verdad.

Pero yo decido quedarme con los cisnes y los peces nadando por las aguas más claras de Venecia, con los delfines a metros de la orilla en el Rodadero -a kms de donde estoy-,  con los gestos de solidaridad y empatía que están apareciendo, con los conciertos gratis en los balcones, con la liberación y acceso de libros en páginas webs, con que los vecinos se estén conociendo, con el acercamiento social aunque no sea físico, con el planeta respirando, con la toma de consciencia, con que la palabra “comunidad” empiece a recobrar sentido, con que este mundo se está volviendo un mejor lugar. En el intento de no romantizar al coronavirus, elijo quedarme con todo eso porque así funciono yo. Porque eso también me demostró la cuarentena, que yo elijo quedarme con lo lindo.

Estamos en un momento histórico y único de la humanidad, que no sabemos hasta cuándo va a durar. No encuentro mejor forma de vivirlo que a través de la escritura, canalizando mis sentimientos, mis pensamientos y experiencias. Este es el primer post de no sé cuántos.

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