En un cerro no tan rico

“En nuestros días, Potosí es una pobre ciudad de la pobre Bolivia: «La ciudad que más ha dado al mundo y la que menos tiene», como me dijo una vieja señora potosina, envuelta en un kilométrico chal de lana de alpaca, cuando conversamos ante el patio andaluz de su casa de dos siglos. Esta ciudad condenada a la nostalgia, atormentada por la miseria y el frío, es todavía una herida abierta del sistema colonial en América: una acusación. El mundo tendría que empezar por pedirle disculpas.” Eduardo Galeano, Las Venas abiertas de América Latina.




Cuando decía que íbamos para Potosí, varios viajeros -que ya habían pasado por esta ciudad- nos recomendaban ir a visitar las minas. “Es algo imperdible, no podes irte de Potosí sin hacer un tour a las minas”, me había dicho Martín. Yo tenía una cierta curiosidad por ver cómo era uno de los trabajos más insalubres y riesgosos del mundo. Además, de ver en persona lo que había estudiado algún día en el colegio.

Algo tenía en claro, el tour no lo podía hacer con cualquier guía, tenía que encontrar una agencia seria. Porque, a diferencia de otros tours, en este la vida se ponía un poco en peligro.

Salimos el segundo día en la ciudad en búsqueda de una agencia. Algunas convencían más que otras, pero al final ninguna nos cerraba, nos daban la impresión de que no entendían mucho o nos decían cosas como “les vamos a dar algo de equipamiento” o,“el recorrido lo sabe bien el guía, él no está ahora”. 

Volvimos al hostel y lo charlamos con Mattheu, un francés que conocimos esa mañana en el desayuno y que también quería hacer el tour. Yo empecé a buscar en Google y había una empresa que tenía la mejor calificación posible y una opinión mejor que la otra. “Va a ser cara”, pensé. Pero decidimos ir los tres para allá y ver personalmente. 

Llegamos a Potochij Tours, donde nos atendió Vicky y nos dijo que nos lo podía dejar en 70 bolivianos cada uno. Nos explicó bastante de que se trataba el tour (un tour de un poco más de dos horas, entraríamos a una de las minas operada por una cooperativa, y bajaríamos dos niveles subiendo otros dos), cuál era el servicio y qué elementos recibiríamos para hacerlo (casco, linterna, ropa y botas). Todo esto se lo tuvimos que sacar a preguntas a los vendedores de las demás agencias.

Nos fuimos convencidos que esa era la mejor, por lo menos de las que habíamos entrado. La corazonada sería correcta…

Al día siguiente, nueve y cuarto de la mañana, estábamos en la agencia para iniciar el tour en el cerro que algún día fue el más rico del mundo. 

Después de vestirnos y sacarnos una foto con dinamitas falsas, fuimos al mercado donde los mineros compran sus provisiones para la mina: coca, llijta (es un producto fabricado con las cenizas de arbustos especiales y la adición de una pequeña parte de arcilla muy fina con alto contenido de calcio) que puede tener gusto a menta, chocolate, entre otros, alcohol con un 96 %, cigarrillos de puro tabaco con naranja y anís, dinamita y bolitas mojadas en kerosene o nafta. 

El minero normalmente no sale a comer en su jornada de trabajo, entonces lo único que tiene es coca, que la mezcla con la llijta para que no le caiga mal, y con eso mata el hambre, la sed y el cansancio.” nos explicó Omar, nuestro guía. 

El trabajo más duro

Ya caminar con el casco era complicado, pesaba y cansaba. Antes de llegar a la mina,  Omar nos dio algunos datos duros y tristes del trabajo de los mineros. No tiene ninguna relación el esfuerzo y trabajo riesgoso con el pago a los mismos. Si bien el precio de los minerales varía constantemente y ha habido momentos mejores, hoy el precio de Zinc es de 1,8 dólares el kilo y de plata 15 – pero poder extraer este último es pura suerte. 

El minero cobra en base a su extracción y sobre el total paga un 5% al gobierno por el uso de la mina. Cuando no tiene suerte de encontrar metales y no llega a sacar lo que necesita para alimentar a su familia, suele hacer un “doblaje”, en vez de trabajar ocho horas trabaja dieciséis.

En ningún momento, antes de entrar a la mina, me había cuestionado lo que estaba por hacer. Consideré que pensarlo no serviría de nada, y si bien, no tengo problemas de claustrofobia ni miedo al encierro, son bien conocidos los casos de mineros atrapados en minas – como el caso de Chile- o de algunos que nunca han salido. Sin embargo, fui totalmente segura y confiada de lo que estaba por hacer.

la entrada a la mina

Nunca pensé que la entrada sería difícil, que terminó siendo uno de los lugares más angostos y complicados por los que tuvimos que pasar. Al punto de que hasta Fabi, que iba adelante mío, lo empezó a dudar. Yo lo trataba de convencer a él, en parte para convencerme a mí misma. 

Nuestro tour se componía de un guía, Omar, de Potosí – un chico joven con pelo largo atado en un rodete – Mattheu, un francés de 33 años que hablaba un buen español, Fabi – alemán- y yo.

La luz natural desaparece rápidamente

La entrada es en bajada, hay que saber muy bien donde poner el pie, falta el aire enseguida y se va la luz natural en tan solo un abrir y cerrar de ojos. El corazón se acelera y falta el aire un poco más. Hay que saber bajar, para no golpearse, para no caerse, para no darse la cabeza – por más casco- contra la piedra dura. Nos agachamos, porque parados no se puede, y caminamos en cuatro patas. 

Caminar parados por estos pasadizos es imposible

En ese momento, me visualicé entrando a mi trabajo unos meses atrás, abría la puerta y entraba, parada, y si quería con tacos. Me sentaba cómoda en mi oficina, que si bien no tenía ventanas, tenía luz. Cuando tenía que ir a otra oficina lo hacía en dos patas y si quería me servía un café. 

Nos adentramos un poco más y seguíamos bajando, llegamos al segundo subsuelo, y aunque las galerías eran un poco más amplias, ahí no había metales. Es que como el Cerro Rico ha sido tan saqueado, para poder encontrar metales hay que ir más lejos, y más lejos significa más riesgoso, menos explotado, más angosto, menos aire. 

Llegar a las galerías tampoco es fácil, pasamos por un par de lugares bastante inestables, subimos y bajamos por escaleras que podían caerse fácilmente y más de una vez nos golpeamos la cabeza, porque agacharse no alcanzaba. En la bajada del primer piso, la escalera que tendría un poco más de un metro, estaba colocada sobre un suelo muy irregular, al costado de un pozo. Esa bajada fue la más larga y la más dura. El movimiento y la inestabilidad me llenaron de preguntas.

Y en épocas de lluvia todo empeora. Por las tres chimeneas de la mina baja el agua y todo se inunda, pude imaginarme a los mineros teniendo que agacharse y caminar en cuatro patas sobre el agua, con la ropa de trabajo mojada, e intentando encontrar metales. 

El corazón se volvía a acelerar y el aire faltaba cada vez más. Al diablo con el barbijo, necesitaba respirar. 

“En la época de los españoles no había luz, así que imaginense este trabajo pero con la luz de una vela, además qué puede pasar ?” nos preguntaba Omar. Apagarse. Cuando ya la experiencia era dura, la trasladamos al siglo XVI, apagamos las linternas y Omar nos dio una vela a cada uno, que fácilmente se apagaban. Caminamos un trecho con la luz de las velas, nos sentamos y las apagamos. Oscuridad absoluta. Al cabo de dos minutos Omar nos dice, en plena oscuridad, “el tour incluía el guía de ingreso pero no de salida” riendo. Y creanme, no quisieran quedarse en plena oscuridad dentro de una mina, tampoco con luz. 

La carretilla y el túnel por donde tienen que pasar los mineros

Y si bien hoy hay un poco más de tecnología en las minas, no mucho ha cambiado desde la época de los indígenas y africanos esclavizados. Los mineros tienen que seguir dinamitando el lugar, aspirando la basura de los minerales y empujando pesadisimos carros. Esto último es terrible, el carro o las carretillas ya de por sí son pesadas, sumado los kilos de metales. Para poder sacarlo normalmente empujan entre dos o tres desde atrás y uno va adelante agachado avisando para que nadie se interponga en el camino, que solo es alumbrado con su linterna. 

El Tío

Con ustedes, el Tío

El personaje más importante de este recorrido fue el llamado “Tío”, el diablo/dios de los mineros. Tío o tíos – porque hay varios en el cerro – proviene de la palabra dios, pero como en el lenguaje quechua no existe la D, los indígenas la cambiaron por una T, y de ahí el “Tío”. Esta figura, en sus inicios y época colonial, fue introducida por los españoles que les hacían creer a los esclavos, que si no cumplían con la extracción de los minerales, ese diablo los mataría. Nos explicaba Omar que en la tradición quechua, la figura del diablo no existía, entonces el miedo era mayor, por ser desconocido. 

Pero con el paso del tiempo, ese diablo que daba miedo fue mutando, y hoy los mineros no le tienen miedo, sino respeto. 

La figura del Tío es más bien de compañero y protector de ellos, quienes le ofrenden coca, tabaco, alcohol, jugos para que él los cuide y les de minerales. Se cree que de las relaciones entre el Tío y la Pachamama – la tierra – surge el semén que es el mineral. Y es creer o no, pero es objetivo que por encima de cada Tío hay una “vena” de mineral, bien clara. 

Por eso hay varios tíos en el cerro, algunos más nuevos que otros, pero todos bien adornados y con muchas ofrendas encima. 

Antonio, el otro guía, nos contaría unas horas más tarde sentados en un banco en la plaza principal, que no es una cosa tonta relacionarse con el Tío, y mucho menos prometerle y no cumplirle. Varias son las historias que nos contó de mineros que prometieron y no cumplieron, y que nunca más salieron de las minas. O que por pactar con el tío se quedaron sin familia, “se les fueron muriendo de a uno y se quedaron solos. Es que la relación con el tío tiene que ser algo serio, hay que tener mucho cuidado que se le promete” nos diría Antonio, que trabajó durante diez años en la mina a la que entramos. 

El Tío con sus ofrendas

La salida

Después de dos horas, de ver cuatro pisos de la mina, de cruzarnos con cuatro mineros con sus caras llenas de polvo y cansados, uno sin un brazo – Ángel, un señor de unos sesenta años que todavía está trabajando, se sacó el brazo con una dinamita cuando era jóven y desde ese entonces empuja el carro con su hombro-. Después de que faltara el aire, de agacharnos y que no fuera suficiente, de caminar por lugares inestables, de que se acelerara el corazón y dieran ganas de salir corriendo. Después de todo eso salimos y vimos la luz, como volver a estar vivos. 

“Cuando se quejen de sus trabajos acuerdense de esto, chicos” nos dijo Omar. 

Tour o no tour ?

Esta pregunta retórica no se origina en si entrar a una mina con o sin tour, más bien es una pregunta que me hago por la siguiente contradicción. Por un lado, me parece necesario y urgente que tomemos conciencia de lo que sucede en las minas de Potosí. En las cuales, cientos de mineros arriesgan su vida y su salud diariamente por sacar minerales que, por ejemplo, son el material indispensable para las baterías de celulares (el zinc).

Creo que, si el tour ayuda a tomar conciencia y reflexionar en el cambio anual de un celular, por el simple hecho de tener un modelo más avanzado de Apple, hacelo. 

Por otro lado, me pregunto, cuánto hay de “jugar a ser mineros por un rato”. Y en esto me baso en mi experiencia: antes del tour nos sacamos una foto con dinamitas y elementos de excavación de juguetes. Estaba totalmente en desacuerdo con esa situación, unos minutos más tarde íbamos a entrar a la mina a ver como mineros trabajaban riesgosamente, y nosotros sacándonos una foto y riéndonos. 

Entonces esta contradicción en mí, entre el ir por un rato a ver como otros tratan de sobrevivir, y el impacto y sensibilización que sentí al salir. 

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