Feliz primer mes

Nunca fui de festejar los cumple mes de ninguna relación, ni he festejado el año de noviazgo, quizás porque nunca me puse formalmente de novia, entonces nunca hubo alguna fecha a recordar. Me da cierto rechazo –debo confesar – leer mensajes en las redes sociales del estilo “felices tres meses mi amor” ó “hace 543 días que estamos juntos” como pie de la foto que acompaña, intentando comunicarle al mundo la felicidad que están viviendo, quizás para creérsela ellos mismos. Acepto, sin embargo, que quizás la rara sea yo.

Pero siento que este festejo de mes es diferente, porque no es un festejo con alguien más, sino el festejo con mi versión viajera. Con la Eve que decidió dejar su trabajo estable de ocho años para hacer ese viaje que tuvo en la cabeza durante mucho tiempo, que moldeó en su mente y planificó cómo sería, con esa Eve que se animó y que hace exactamente un mes, salió de viaje haciendo frente a un sinfín de preguntas, con más dudas que certezas, acerca de la aventura que estaba por emprender. Fue la primera vez, que al menos recuerde, que no tuve certeza alguna de lo que iba a ocurrir al día siguiente. El día que finalmente dejé Mar del Plata atrás sentí tanta alegría, adrenalina, miedo, ansiedad, en fin, una mezcla de emociones.

Y más que un festejo es un momento de frenar y contemplar este primer mes de viaje, solo medido en un plano temporal. Lo cierto es que las fechas, desde que salí de viaje, no me interesan, no quiero saber en cuál día del calendario vivo, ni mucho menos que hora es. Desde que leí “Una geografía del tiempo” de Robert Levine, libro que les recomiendo mucho, me cuestiono cada vez más el uso del reloj, y una de las metas que me propuse antes de iniciar el viaje fue olvidarme de la hora – ahora que podía y no tenía una agenda que seguir -, comer a la hora que tenga hambre, ir a dormir cuando tenga sueño, no estar pendiente de las agujas que giran constantemente, sino que los días se midan en momentos y no en minutos. Pero esta fecha si me parece importante, es por eso que me puse una alarma en el celular para recordar el día.

Ni en el mejor de mis sueños podría haberme imaginado que las cosas iban a salir tan bien, que todo se iba a ir dando de una forma tan natural y armoniosa como está sucediendo. Este primer mes ha sido una completa locura para mí, que por momentos me pregunto si realmente la que está viviendo esto soy yo, o es parte de sueño onírico que ocurre solo en mi cabeza.

Desde que salí de “La Feliz” me he cruzado con gente hermosa, suena demasiado romántico lo sé, pero el nivel de humanidad, de buena energía y hospitalidad supera cualquier idea imaginable. Existe una confianza entre desconocidos que yo pensé que estaba perdida, ganas de dar sin esperar nada a cambio. Esa es la gente que no sale en las noticias pero que valen la pena ser contadas. Estamos tan avasallados diariamente con noticias trágicas, tristes, violentas que llega a parecer irreal que existan tantas personas increíbles y que en tan solo un mes tenga tantas anécdotas buenas para contar.

Si por algo se caracteriza este primer mes de viaje es por un aprendizaje continuo, no solo de cómo hacer dedo o viajar en sí, sino de temas tan diversos de los que nunca había escuchado, como la estufa rusa, el coaching ontológico o el funcionamiento del calendario maya. He aprendido y conocido sobre diferentes estilos y filosofías de vida, “formas de ganarse la vida “, distintas profesiones, gente que no trabaja y se la rebusca para hacerle frente al sistema, etc. En cada charla, con cada persona que me cruzo, soy cada vez más consciente de todo lo que me falta por aprender. Y como diría Diego – el negro de Tanti – “y eso está zarpado”. Pero por encima de todo, lo mejor es que ahora me conozco un poquito mejor a mí misma.

De paisajes y lugares, que es un punto importante del viaje, tengo los ojos empalagados, mismísimas obras de arte. Vi ríos, lagos, lagunas, sierras grandes, sierras chicas, mariposas gigantes, grillos del tamaño de mi mano, atardeceres en el valle, pequeñas playas, arquitectura moderna, arquitectura antigua. Y así podría seguir por un rato.

Un atardecer en San Marcos Sierras
En Nono, un pueblito de Córdoba
En Córdoba

Y este viaje, a su vez, me está ayudando en uno de los momentos más difíciles de mi vida, la pérdida de una de mis mejores amigas. Siento que, de no estar viajando, el duelo hubiera sido aún más difícil de superar. El viaje no logra apagar el dolor y sufrimiento, pero ayuda a que duela menos.

Este post está dedicado a Mari, que viaja conmigo en el corazón.  

Deja un comentario

CommentLuv badge