Crónicas de un viaje anunciado

Cuando anuncié que iba a emprender un viaje por América Latina sin fecha de vencimiento  pocos se sorprendieron con la noticia, y las reacciones fueron más relajadas de lo que yo esperaba. Si bien algunos reaccionaron desde sus propios miedos, en general no hubo ninguna respuesta del tipo “no, cómo vas a hacer eso” o “estás loca, no podes irte por tanto tiempo”. Más bien las repuestas fueron del tipo:  “Varias veces dijiste que querías recorrer Latinoamérica”, “Alguna vez me habías hablado de este viaje” ó “ya habías dicho que querías hacer un viaje largo”, como dijeron dos amigas cuando les conté la noticia, una mañana en la playa mirando el mar. Y en ese momento fui consciente de que mi deseo lo había compartido más de lo que yo imaginaba o recordaba.

En los últimos años de mi carrera universitaria, entre apuntes y resúmenes siempre había un itinerario de viaje, una lista de lugares a conocer, algún artículo  de viajes o pensamientos que escapaban de lo contable y me hacían imaginarme lejos de casa.

¿Cómo los viajes se convirtieron en mi tema de interés?

Si hago fuerza puedo verme ahí sentada en el aeropuerto JFK de Nueva York, junto a mi bolso fucsia de bajo presupuesto. Era Diciembre del 2011 y tenía por delante doce horas de escala en uno de los aeropuertos más grandes del mundo. Tanto tiempo de espera me permitió  procesar todo lo que había vivido, tenía 19 años y por primera vez había subido a un avión. En ese entonces no tenía un smartphone, así que mi pasatiempo fue leer un libro, pensar y observar.

Todas las actividades del aeropuerto me llamaban la atención, la llegada de las tripulaciones, el check-in, las despedidas y reencuentros, el despegue y aterrizaje de los aviones, todo. No estaba en cualquier aeropuerto, el JFK es uno de los más grandes del mundo, y para llegar a la estación desde la cual partiría mi segundo vuelo tuve que tomar un tren. En ese aeropuerto vi personas de todas partes del mundo, escuché todo tipo de idiomas y observé un desfile de diferentes culturas. Y en ese momento de observación anoté en mi diario de viaje “quiero estar en un aeropuerto más seguido, quiero viajar más”. Ahí empezó mi amor por los aeropuertos.

En ese entonces salía con un australiano que me invitó a pasar el verano a su país, y sin pensarlo dos veces le dije que sí. Fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida.

Viví mi primer vuelo BUE-NYC cual niña asombrada, era un mundo nuevo, y ese mundo me encantó. Fuí del “equipo ventanilla” desde el primer momento, y tuve la mejor imagen de despedida de mi país desde el cielo, con una Buenos Aires nocturna totalmente iluminada. Nunca había tenido una vista tan linda de la capital argentina. Desde el cielo se podía observar los edificios más importantes de la ciudad, sus calles siempre transitadas e incluso su autopista.  

A mi lado viajaba un estadounidense que había visitado Argentina por trabajo, más precisamente Mendoza. Trabajaba catando vinos y me aseguró que en mi país se producían los mejores vinos que él había probado. No podía creer que ese era mi primer vuelo, y al despegar el avión me dijo en inglés “deberías ver tu cara en este momento”. No necesitaba un espejo, era imposible no sentir la sonrisa de oreja a oreja.

La vista desde mi ventanilla…
Buenos Aires desde el cielo

Tres meses después…

Cuando volví no era la misma, porque claro que una no vuelve siendo igual después de ningún viaje. Entendí que viajar era la mejor forma de aprender – eso que tantas veces había leído pero nunca había vivido en primera persona- y que, por supuesto, era mejor que ir a cualquier universidad. A la vuelta, empecé a leer blogs de viajes y foros de consultas de mochileros. Los libros que empecé a comprar eran sobre historias viajeras o alguna guía de viaje. Leí todo tipo de post bloguero que me motivara a viajar, sobre destinos poco conocidos, sobre qué llevar en una mochila, etc. Fui de a poco formándome sobre esta temática que hasta ese momento era totalmente desconocida. Todo un mundo nuevo por descubrir.

No hubo vuelta atrás, a partir de ese momento me sumergí en el mundo de los viajes.

Vía libre para viajar

Lo único que me impedía viajar sin fecha de regreso era la carrera inconclusa, durante la cual fui haciendo algunos viajes, pero a un ritmo distinto al que deseo. Como trabajé durante todos mis estudios – a excepción del viaje a Australia- mis viajes siempre fueron de dos, tres semanas o un mes cuando pude acumularlas. Pero viajar por tan poco tiempo implica un tipo de viaje, que lejos de juzgarlo o clasificarlo en bueno o malo, no es el tipo de viaje que más disfruto yo, porque me siento limitada en varios sentidos.

Fue entonces que, cuando me gradué de contadora en Diciembre del 2018, hicimos un análisis con mi novio. Ninguno de los dos estábamos tan satisfechos con nuestros trabajos y ya finalizadas las carreras tomamos la decisión: irnos por América Latina sin fecha de regreso.

Y acá estoy, en pleno preparativo y con una ansiedad galopante. Pero segura que este es el momento para cumplir mi sueño.

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