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De Pucallpa a Iquitos: La aventura (Parte II)

Esta es una trilogía donde cuento mi experiencia arriba de un barco durante cinco noches. Los datos están en la última parte.

Día 1: Empezó la aventura

— Bueno ma, me tengo que ir.

— A dónde?

— Al barco. Para fijarnos si está el camarote. Seguro que después no voy a tener wifi. Te escribo cuando llego.

— Pero a qué hora salen?

— No sé ma, se supone a las tres.

— Pero no dice el horario en el ticket que compraron?

Si supieras ma, pensé yo.

Subimos a las 12 y nos ubicamos en el camarote. Con mi vista prodigada, lo primero que encontré fue una cucaracha muerta. Es como si tuviera un superpoder. Puede haber una araña en la pared en espaladas a mí, que yo ya la vi. Es como si sintiera a los bichos. Entré en el camarote y mi mirada apuntó directamente a la cucaracha escondida, muerta por suerte.

El arribo de pasajeros

Limpiamos un poco, lo que pudimos, y se nos presentó el supervisor Mario. “Saldremos a las dos o tres, por las dudas estén a la una acá”. Miramos la hora y eran las 12.30. “Por las dudas almorcemos acá” le dije a Fabi. Cuando por dentro sabía muy bien, que no íbamos a salir a esa hora. Salimos a las seis.

Para ese entonces yo ya había observado bastante. Los vendedores de hamacas colgándolas y haciéndose los simpáticos con cada pasajero que subía. Cuando se daban cuenta que no iban a comprarles se daban media vuelta y ni chau. Los vendedores ambulantes que anunciaban a pura voz: “hay café con leche”, “hay comida”, “hay rosquillas, ñucos y suspiros”.

Hamacas de todos los colores y diseños colgaban frente a mí. Lisas, con arabescos, de aguayos, con la cara de Jesús, cuadrilles, a rayas. Las hay coloridas y sin vida. Nosotros estábamos en el tercer piso, donde cuelgan unas treinta. Pero abajo habría unas cien o doscientas y pico. Siempre he sido muy mala calculando, pero me han dicho que suelen viajar unas quinientas personas a bordo. Las colgaban de donde podían, sobre la carga en el segundo piso, sobre los bancos, afuera, adentro. El único lugar que quedó casi totalmente vacío fue la mesa.

El primer piso. Varias hamacas ya habían sido descolgadas

Pasaron dos gringas con bolsas llenas de cosas como si se fueran por un mes. Llevan pringles. “Son europeas”, pensé. Y esas dos gringas terminaron siendo Lucy y Luna.

También había una chica con rastas que no se despega de su celular. Tiene una sonrisa de publicidad de dentífrico. Terminó siendo Naja.

Hay otra rubia que nos mira todo el tiempo, pero que no intercambia ni una sonrisa. Me pregunto si tiene ganas de charlar y es muy tímida o no. Terminó siendo Franzy.

La gente se va acomodando, cada uno en su puesto como si fuéramos a dar un concierto. “Son las 16:15”, me dice Fabi. Era obvio que no íbamos a salir temprano. Pero, al igual que en el resto del viaje, no me importa que hora es. Lo único que espero es que salgamos. Y me acuerdo lo impaciente que me ponía cuando en Mar del Plata algo no salía a tiempo, cuando tenía que esperar. Creo que el autostop me ha curado de espanto.

Día 2: La evangelización

“Somos de primera clase”, nos traen el desayuno al camarote y nos avisan que así va a ser cada día, en cada comida. Nunca en mi vida había pasado por una situación así, porque  obviamente estoy demasiado lejos de ser primera clase. Me da, incluso, vergüenza que nuestras comidas sean mejores, que nos la traigan en vajilla del barco, que nos la traigan al camarote. No me gusta para nada, al punto de parecerme aburridísimo.

Nos juntamos con Luna y Lucy en el último piso del barco, donde está el capitán y el camarote del encargado. Ese pasó a ser nuestro lugar de encuentros, mates, charlas, lectura, observación de atardeceres, desayunos, almuerzos, cenas y de observación de las estrellas.

Hablando sobre la historia latinoaméricana no puedo dejar de recomendar a Eduardo Galeano y “Las venas abiertas de América Latina”. Les cito, por alguna razón, “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: «Cierren los ojos y recen». Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.

Luna dice “perdón, pero miren esos delfines”. Saltando al lado nuestro, sobre la chocolatada que oficia de río. La imagen es un helado tricolor: chocolatada, menta y crema del cielo. Cada tanto, playas formadas por la poca profundidad del río. Cada tanto aparecen casas solitarias, perdidas en el medio de la nada. Y no puedo dejar de imaginarme, o intentarlo, como puede ser la vida de esas personas, como podría ser mi vida si hubiera nacido ahí. Que ganas de bajarme y charlar con ellos, si es que hablamos el mismo idioma.

Observo a los locales que van en el barco. Hay cuatro hombres parados junto a la baranda mirando el río, sin cruzar una palabra, sin decir nada, incluso sin mirarse.  Solo observan el río, a veces cambian posiciones, como si el cambio estuviera preestablecido. ¿Qué pensarán? ¿Serán de alguna de estas comunidades?

Y en un momento, sin decir nada tampoco, se miran y asienten con la cabeza. Salen caminando todos para abajo.

Vemos el mejor atardecer de quizás todo el viaje. El cielo se torna cada vez más rojo violacio, y el sol como una gran bola de fuego se empieza a fundir. Frente a él una banda de extranjeros  tomando mates: Lucy, Luna, Franzy, Fabi y yo. Aparece nuestro vecino, un uruguayo de 83 años, que está haciendo este viaje para conocer la única zona del Amazonas que todavía no conoce. “What are you doing” le pregunta a Fabi, riéndose. Y mirándome me dijo, “Pero escúchame, ¿él ceba mate?.

El primer atardecer en la cubierta

Nos avisan que está la cena, son las 17:30. Se nos suma Naja, otra alemana. Siempre los alemanes son mayoría. ¿A Merkel le quedará alguien en el país?

Una típica comida del Henry

Atracamos en Contamana, donde vamos a pernoctar. Salimos los seis caminando y a descubrir el pueblo como si nos conociéramos de toda la vida. Caminamos para la plaza y llegamos para la reunión del señor. Hay un escenario montado sobre uno de los extremos de la plaza. Sobre él, un gringo bien blanco les grita en inglés –mientras su traductor peruano grita aún más- “In this second time in Peru I´ve realized I love Peru and I love peruvians”. El público estalla. Serán unas cien personas bajo el alumbrado de la plaza.

Nos miramos con Luna, “Las mismas palabras del libro”. Parecía una representación de las palabras de Eduardo Galeano. Dos blancos estadounidenses evangelizando a unos pueblerinos de la selva peruana. “Encuentro internacional del señor”, lo titularon ellos.

Día 3: el atasco

Era de mañana, el grupo de los gringos leía al sol en la cubierta, cuando de repente el barco paró. No era un iceberg, era un sandberg. Estábamos en el medio del Ucayali, que por la falta de lluvia estaba bajo.

En menos de cinco minutos, la lanchita roja que llevaba el barco atada a su costado andaba alrededor del mismo. Sobre ella iban tres chicos, uno de ellos era Alex que llevaba una caña y con eso iba midiendo la profundidad del río. Sí, leyeron bien. Media la profundidad del río con una caña de azúcar. Mientras el capitán daba vueltas improvisadas que lo único que lograban era marearnos a todos.

Cientos de cabezas se asomaron en cada piso y extremo del barco. El ruido del motor era cada vez más fuerte, pero el barco no se movía. Alex metía la caña y medía. Levantaba cada tanto la cabeza para ver los pedidos de medición que le hacía el capitán. Parecía que estaban jugando a la batalla naval, adivinando, viendo si en una de esas le embocaban y hundían la caña.

El tiempo pasaba, Alex seguía midiendo y el barco no se movía más que unos centímetros. Lo único positivo de la situación era que nadie parecía alterarse y todos se lo tomaban con total naturalidad. Me imaginé esta situación en Argentina: todos se convertían en capitán y empezaban a opinar sobre lo que había que hacer y lo que no; todos quejándose porque nos habíamos atascado; todos yendo a la cabina del capitán o buscando al supervisor para preguntar cuando nos iríamos, cuándo arreglarían el problema, cuánto tiempo más tendríamos que estar ahí.

Pero la realidad que tenía frente a mí era maravillosamente diferente: muchas caras curiosas que miraban, sin decir nada, ni siquiera intercambiaban opiniones ni conjeturaban acerca de la situación. Solo miraban, como lo habían hecho los días anteriores, callados. Y en el barco solo reinaba la curiosidad, nunca se sintió estrés.

Y esto era contagioso. En ningún momento me preocupé por lo que estaba pasando, cuanto mucho me reía de la situación. Seguí leyendo como si nos estuviéramos moviendo. Y concluí que nuestra reacción a las situaciones terminan siendo el resultado de lo que nos pasa en conjunto.

En el medio del atasco se sirvió el almuerzo. Faltaban los músicos para distraer al público, o simplemente para hacer un poco de ruido.

De repente apareció otro barco de carga, el Victoria II, que iba en la dirección contraria. Un poco más chico que el Henry, se posicionó en dirección a nosotros. Estábamos leyendo arriba cuando de repente buuuum. “What was that ?!” gritó una de las chicas. Nos estaban empujando o mejor dicho chocando. Parecía que éramos parte de una feria y estábamos jugando a los autitos chocadores. Nos empujaron como unas seis veces para liberarnos. Algo que llevó, en total, unas cuatro o cinco horas.

El Victoria II

— Ahora, escúchame una cosa—me decía el uruguayo—cómo puede ser que un barco de medio millón o un millón de dólares, como debe valer esto, no tenga una Ecosonda?

Le pedí explicaciones.

— Es un sistema que mide lo que pasa debajo del barco y a unos metros del mismo. Entonces si no tenes profundidad del agua lo ves en la pantallita. Y estos tipos andan con una caña de azúcar midiendo, no lo podes creer. Y para colmo no se pusieron de acuerdo y ninguno salió a medir. Sabes cuánto sale esa pantallita? 300 u$s. Dejate de joder, esto es peor que Uruguay.

Pero le respondí que a mí toda esta situación me generaba un poco de gracia.

Día 4: La estrella fugaz

Subimos a desayunar a la cubierta con el río frente a nosotros, cuando alguien entra con un micrófono y un parlante a la cabina del capitán.

— Tenemos karaoke?—le pregunto a Fabi.

—A mí no me sorprende nada más —me responde.

Y efectivamente era karaoke. Naja se asoma a la cabina y nos avisa que el capitán está bailando con el timón y hay un señor cantando, mientras otros tres están de espectadores.

—Empezó el programa de entretenimiento— dice Fabi.

—Ya está, esto es un crucero— le respondo, y nos reímos los tres. —Venir en este barco es lo mejor que pudimos hacer.

Al rato el señor baja un piso y brinda un show. Canta canciones como “Vete olvidando”, alguna de Julio Iglesias, etc. Las inglesas se vuelven locas.

La sala de Karaoke

**

A la noche subimos a tomar vino con maníes y galletitas saladas. Nos tiramos al piso a ver las estrellas y les confesé a Lucy, Luna, Baptiste y Cami, que nunca vi una estrella fugaz.

No pueden creerlo y Lucy me aclara que no vamos a ir a dormir hasta que vea una, porque unos instantes antes, con Luna, vieron tres. Tres ¡! Y yo tengo 26 años y todavía no he visto ninguna. Se ve que ando con los ojos tapados de noche.

No quiero ni parpadear, dejo de mirar a quien le este hablando para concentrarme en ver una. Y de repente, pasa una y empiezo a festejar. Wow, que belleza. Y claro que no es la gran cosa, y de hecho fue rápida y pequeña, pero cuando es la primera que ves en tu vida, es algo increíble. Más cuando estás en el techo de un barco, con gente que sentís que la conoces desde siempre y que se alegran tanto por vos como vos misma.

Veo otra más, un poco más rápida que la primera, pero igual de especial. Ya puedo ir a dormir y borrar algo de mi Bucket list.

El grupo

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