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La profesora de bioquímica y el cajón de cerveza

Estábamos en Arequipa cuando decidimos que íbamos para el Inti Raymi en Cusco. En el medio nos quedaban tres noches, que no sabíamos dónde pasarlas. Dejamos que el azar del dedo lo decidiera por nosotros.

La pareja que nos llevó desde Arequipa iba para Juliaca, una ciudad por la que habíamos pasado un mediodía, y que por lo que vimos era muy grande y un poco caótica. Nosotros queríamos quedarnos en un desvío, pero Amancay -quien iba al volante- nos recomendó que los acompañáramos a destino porque ahí íbamos a tener más suerte.

Las curvas constantes a lo largo de todo el camino y el sol sobre la nuca hicieron que me sintiera muy mal. Pasar una noche en esta ciudad nos pareció la mejor idea, y dedicamos nuestra estadía a decidir qué ver en los días siguientes.

En la cama del hostal sin nombre, leímos a Juan, un viajero marplatense que la tiene muy clara. Juan, en uno de sus posts contaba sobre poblados que quedaban entre Puno y Cusco. Y a mí de todos hubo uno que me interesó: Lampa, la ciudad rosada. Juan contaba que esta ciudad no la visitaban muchos viajeros, y esa aclaración fue suficiente para generar interés en mí.

Así fue, que a la mañana siguiente decidimos ir para este pueblo sin saber mucho. Salimos de nuestra habitación con la idea de hacer dedo, hasta que el recepcionista nos dijo de un bus que nos llevaba por dos soles. Ni lo pensamos, porque la mitad nos salía ir a la ruta, y como Juliaca es grande, iba a ser solo una pérdida de tiempo.

Una chola nos ayudó a encontrar la parada del bus. Una cola larga, que parecía que nos iba a tener ahí durante un buen rato, nos desalentó, pero en menos de veinte minutos estábamos arriba de una trafic muy moderna que nos llevó a destino en un poco más de media hora. La chica que teníamos adelante en la fila nos ponía al tanto que justo era la celebración del aniversario de Lampa.

De Lampa sabía poco, así que como siempre hago cuando llego a un pueblo, fuimos a la oficina de turismo. En este caso está dentro de la municipalidad, donde yace la réplica de La Piedad, de Miguel Ángel.

La arquitectura típica de Lampa

Nos recibió Ángela con una calidez, como si nos estuviera esperando. Nos contó que van pocos turistas, y que recién con esta gestión que está hace poco en el poder, han empezado a interesarse por el turismo.

Ángela no es oriunda de Lampa, pero si por adopción. Desde hace años que vive en el pueblo, y cuanto más lee sobre el lugar más se enamora.

Resalta la tranquilidad con la que se vive, que no hay rateros -algo que incomoda a más de un peruano y tema común de conversación- y que a las doce de la noche se puede caminar sin problemas.

Y, quizás, es por todo lo anterior que los lugareños no quieren turismo. Tienen miedo a perder la paz del lugar. Cree ella, que si vienen turistas van a querer un lugar a donde salir a la noche, y el ruido podría generar problemas para los vecinos. Pero está convencida que la llegada del turismo beneficiaría a todos.

Lampa estaba de fiesta

Lampa tiene historia. Por acá pasó Tupac Amarú, que según los historiadores venía a reclutar tropas, pero terminó perdiendo tiempo. Una vez descuartizado, enviaron a cada región por la que había pasado una parte de su cuerpo para generar temor. Dicen que acá enviaron un brazo en señal de lo que les iba a pasar si hacían la rebelión. ¿Quién tendrá el brazo, qué hizo con él?

Por acá también pasó Simón Bolivar y se quedó un mes. Se hacía ver en un balcón colonial que no logré encontrar. Me imaginé, o intenté, a Simón caminando por estas calles. ¿Iría el mismo a comprar el pan a la mañana? ¿Se sentaría con los lugareños a almorzar un menú, como lo estoy haciendo yo en este momento?

A diferencia de otros poblados peruanos, acá se procuró mantener y conservar la infraestructura colonial. Por eso, el intendente mandó a pintar todas las casonas del rosado característico del pueblo. Tiene una plaza de armas, donde al igual que en los otros destinos andinos, es donde se concentran los lugareños, es el punto de encuentro implícito.

La iglesia es demasiado imponente para el pueblo. Tiene un marcado estilo barroco, aunque hay dos sirenas que demuestran el toque quechua, las diosas del Lago Titicaca. Aunque me duele y va un poco en contra de mis principios, pague 3 soles (valor Mercosur lo llamé yo ante el señor que cobraba la entrada), para ver la Capilla de la Piedad. En ella yacen cientos de cadáveres y cráneos que se encontraron en la reconstrucción de la iglesia. Los mismos estaban en el subsuelo y eran de personas que pertenecieron a la institución (como sacerdotes) o simpatizantes a la misma, de clase alta.

La iglesia imponente del pueblo
La Capilla de la Piedad
Un mensaje muy sereno

El guía de la Iglesia, después de una larga charla telefónica, de mal gusto me explicó que pertenecieron a mestizos y españoles. Pero Ángela, la oficial de turismo, me decía que difícilmente pertenezcan a mestizos, por la altura, tienen que haber sido españoles de pura raza. En la iglesia hay un Cristo de cuero que enorgullece a más de una persona, uno de los dos que hay en el mundo (el otro está en España).

El desfile

Como al otro día de nuestra llegada era el aniversario de Lampa, provincia, el pueblo recibía a todas las escuelas de la misma, que desfilaron o más bien marcharon. Compitiendo por primer, segundo y tercer puesto, que lo decidía el jurado sentado en un amplio palco. Ahí estaban las figuras políticas de turno, quienes saludaban como reina del mar cuando los padres acompañaban en el desfile.

En el palco había un militar, de bigotes y sin un rastro de simpatía, que me hizo acordar un poco a Videla, y el desfile al video The Wall. Los chicos eran un dulce de leche, con sus trajecitos a medida azules o negros, y sus peinados de peluquería. Pero caminaban bajo un rígido andar, por la línea que dividía los dos carriles de la calles, mientras los adultos vigilaban que no se pasaran de la misma. Ninguno parecía disfrutarlo.

El palco
La marcha

A ambos lados de la calle estaban los familiares sentados en filas, y sobre los dos extremos venta de comida o mini kioscos montados bajo el sol.

La banda sonora era de un grupo de chicos que tocaban tan bien sus instrumentos como si fueran de una orquesta. Algunos no llegaban a los diez años. Vestidos con sus trajes negros y con sombrero en composé, parecían soldados de un libro de historia.

Buscábamos que comer, cuando de repente un niño vestido de soldado empieza a gritar:

—Vi a un gringo —como si estuviera avisándole a la tropa, la cual empezó a repetir la frase como coro y a enloquecer. El “enemigo” estaba en problemas.

—Quién es el gringo ? —preguntó Fabi—. No veo ninguno.

Los nenes no paraban de reír.

Uno me pregunta si hablo inglés y establecemos una conversación sin sentido que termina con otro nene que nos señala y dice

—Un gringo, una gringa.

Durante todo el día se repite la misma escena: nos ven, murmullan entre ellos y se ríen. Somos un ovni en estas tierras.

En el camino a almorzar vi tres adolescentes, que frenan y simulan ser estatuas, las saludé y se echan a reír.

***

Por la tarde volvimos a la avenida principal del pueblo. Solo quedaban los restos y basura rodando de lo que había sido el desfile. Sobre cada costado de la calle se habían armado carpas del estilo playero (cuatro patas y un techo de lona). Bajo las mismas, profesores de diferentes escuelas celebraban el aniversario, ya sin chicos de por medio. Estaban arreglados como para una reunión directiva y en todos los grupos había cajones de cerveza.

Mientras caminaba y buscaba algo para acompañar el mate, un señor de anteojos y bigotes me invitó a unirme a su reunión, junto a sus colegas. Yo, que difícilmente digo que no a una cerveza, terminé bebiendo una cusqueña con el grupo de diez profesores de una escuela rural -donde asisten setenta alumnos- de la zona.

Estaban sentados en ronda, bajo el techo azul de lona. Todos trajeados de negro, daban cierta formalidad, que al cabo de unos minutos descubrí que era simple fachada. Uno de ellos me presentaba, con gran entusiasmo, a cada uno de sus compañeros, indicándome cuál era la asignatura que dictaba. Todos se reían, algunos muy tímidamente. Otros tomaban rápidamente confianza y me agarraban del brazo o del hombro.

Antonio, quien del brazo me unió a la fiesta, me pidió una foto. “Así parece que estoy en el exterior”, a pura carcajada. Enseguida me di cuenta, era el payaso del grupo.

Me preguntaban sobre Argentina, el viaje, mi compañero desaparecido, mientras el vaso pasaba de mano en mano, previa tirada de las últimas gotas al suelo. Todo un ritual.

Al lado del director del colegio estaba el cajón de cervezas, que poco a poco iba quedando más vacío. Cuando Silvia, la profesora de bioquímica, compró otro cajón todos se levantaron a agradecerle y darle la mano. “Ante este gesto, hay que agradecer”, me aclaraba José.

Mientras otros grupos de profesores empezaban a bailar una cumbia peruana, el profe de sociales me decía -con gran entusiasmo y orgullo- que Lampa tiene su corrida de toros. Se realiza el 29, 30 y 31 de Julio. Asisten toreros de todas partes del mundo. “Vienen de todos lados del Perú, también de otros países, de muy lejos. Hasta los mejores toreros españoles se presentan”. Quizás en ese momento no hubiera sido tan ovni, pensé.

El vaso seguía pasando de mano en mano, como mate en ronda de argentinos. Y en ese momento pensé en lo increíble de los viajes. Pasar de llegar a un destino totalmente desconocido a terminar bebiendo cerveza como una local. Salud.

Lampa, “Puertas abiertas al turismo”

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